7 feb. 2010

Buika, la Chavela con acento español (ENTREVISTA)

Buika


La cantante ibérica estará el 23 de marzo en Bogotá, cantando en la Plaza de Toros.

Desde el patio de la casa Concha alcanzaba a oírlas. Su mamá y su abuela cantando, de una habitación a otra, no canciones conocidas, no, versos recién inventados por ellas en los que se decían cosas que tenían guardadas y que no les salían cuando conversaban. Era su medio natural de comunicación: la música. En ese ambiente nació y creció Concha Buika, la artista que a fines del año pasado fue elegida por Chavela Vargas como su sucesora y que ha sido definida por la crítica como la voz popular más poderosa hoy en España.

-Lo que me impulsó en la música fue lo que aprendí en casa de mi madre -cuenta Buika desde Madrid, al otro lado del teléfono-. Pero ¿en realidad está allí? ¿Acaso a esta charla la separa un océano? Porque su voz, llena de humo, se siente tan cerca que es posible verla aquí no más, sentada, descalza, un porro a medio fumar en una mano, quizás, un ron en la otra. Y sus palabras: "Donde haya comida, risas, buenos amigos, buen sexo y otro par de cosas, está la felicidad".

-¿Qué piensa cuando la llaman heredera de Chavela?

-A mí lo que me gusta son las cosas que no me hacen pensar. Una cosa así... no, mejor no pensemos. La cuestión es seguir andando con lo que a uno le dé la vida, ¿no?

Concha Buika -María Concepción Balboa Buika- nació un día de 1972 en Palma de Mallorca. Sus padres emigraron de Guinea Ecuatorial, África Central, para llegar a esa isla española en tiempos en que allí solo vivían tres familias africanas. Concha creció entre el cante de los gitanos, las coplas andaluzas que salían de las ventanas y los boleros y rancheras que oía su mamá. "Ella escuchaba de todo -cuenta Concha-. Como era una africana de tribu y no de poblado, no reconocía tendencias. Todo le gustaba y todo lo bailaba".

Así se formó, sin terminar la escuela, tocando la batería en una banda adolescente y regular, sirviendo copas en un bar del barrio chino. Tenía 17 años cuando una tía le contó que en un hotel buscaban una cantante de blues. ¿Podría ser ella? ¿Con esa voz ronqueta que la había sacado de los coros escolares? La contrataron. Pero ahí no detuvo su tiempo de vagabundeo. Después viajó a Las Vegas a imitar a Tina Turner en casinos como el Luxor y el Harrah's. Una época que ella recuerda como un sueño de Kafka... pero un sueño al fin. De regreso a España pensó en irse a África, a su origen. "Pero me di cuenta de que mis ancestros estaban en todas partes -dice-. No creo que después de haberse librado de la tumba que es el cuerpo, uno tenga deseos de quedarse quieto en algún sitio en especial".

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Basta oírla unos minutos para darse cuenta de que esta mujer no canta ni habla solo con las cuerdas vocales. Lo hace con las entrañas. Recién volvió de Las Vegas, grabó un primer disco que por suerte pasó algo inadvertido, porque quería situarla en el hip-hop. Fue después, cuando empezó a trabajar con Javier Limón -el productor de Casa Limón, artífice de grandes discos como los de Diego El Cigala- que su talento explotó. Sucedió en 2006, con Mi niña Lola, un disco que incluía versiones de coplas tradicionales y canciones escritas por ella (compone todo el tiempo, compone para no odiar, dice). Le siguieron dos producciones más en las que empezó a mezclar con toda naturalidad la copla, el jazz, el cante gitano, la ranchera. Su reciente disco, El último trago, es un homenaje a Chavela Vargas que grabó, en solo once horas, con el piano del cubano Chucho Valdez.

-Graba rápido. ¿Quiere decir que no disfruta tanto del estudio como del vivo?

-El mejor momento para mí es en el que me divierto. Y eso pasa en todos los sitios. En el estudio lo que hago es emborracharme con Javier y disfrutar de hacer conciertos ahí dentro. Para mí todo es un escenario donde hacer un pedazo de actuación. Yo es que cierro los ojos y canto.

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En sus comienzos, sin plata pero con el conocimiento de costurera heredado de su abuela, Buika se cosía los vestidos con los que salía a escena. Le quedaban bien, pero siempre le hacía falta algo que no podía crear con sus manos y sus pocos recursos: los zapatos. Optó por cantar descalza, por necesidad. Hoy lo sigue haciendo, por costumbre. No se pone zapatos cuando canta porque se marea y no siente la música. "Con los zapatos no vivo el ritmo; con los zapatos no oigo bien", dice.

Cantar descalza es uno de sus rituales. Otro es tomarse un ron antes de salir a escena. Pero el más importante es encomendarse a sus diosas, esas mujeres cuyos nombres lleva tatuados en su brazo: su bisabuela, su abuela, su mamá, sus hermanas. La tribu que ha mantenido el apellido Buika, nombre de la raíz de un árbol guineano. En el cuello lleva tatuada la letra inicial de Joel, su hijo de 10 años que viaja con ella, cuando está en vacaciones.

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Buika prefirió la marihuana a los medicamentos que le recetaron para la ansiedad. Lo cuenta sin líos. "¿Y yo qué voy a decir de una planta, que es mala? No. Malo es que haya personas que le hacen daño a los niños. Eso sí es feo. Yo creo en Dios y fumo porros. ¿A quién ataco con eso? Fumas marihuana en casa y no haces daño a nadie. Tomas alcohol y matas a alguien en un accidente. Y el alcohol no lo prohíben".

Buika conoció a un músico peruano con quien tuvo su hijo y poco después encontró a una mujer -llamada África- y quiso que compartiera la vida con ellos. Los tres se unieron en un rito en Cádiz, con sus amigos, su familia y con Dios, pero sin cruces. "¿Crees que es normal poner a tu gente querida delante de un muchacho sangrando por las manos y los ojos? Eso es muy feo, tía, que Dios me perdone. Yo siempre he pensado que Dios es laico. Él no cree en la iglesia, cree en las personas". Le gusta repetir que es bisexual, trifásica y tridimensional.

-No me interesa polemizar, ni mucho menos. No creo que una persona, por decir lo que piensa, sea polémica. Un orden diferente no es desorden. Si hay quienes ven desorden en que pienses distinto, es porque el desorden está en su cabeza. El pecado está en los ojos que miran, no en lo que está expuesto.

Buika suelta pequeñas sentencias. También es poeta. Ya escribió un libro y tiene otro en camino, con reflexiones sobre varios temas. Entre ellos el dolor, que tanto conoce y canta en temas de José Alfredo Jiménez. "Hay que darse la oportunidad de vivir el dolor -dice-.

Sus discos se venden, ganan premios; sus conciertos se agotan, pero ella siente que la mejor canción es la que todavía le queda por cantar. "Nada de lo que hemos hecho tiene valor sobre lo que nos queda por hacer", dice. Y uno piensa que Chavela no se equivocó al elegirla.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACTORA DE EL TIEMPO

Fuente: http://www.eltiempo.com

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